El derecho a la vida … y la muerte
El reciente caso de suicidio voluntario del director de orquesta inglés Sir Edward Downes y de su esposa Joan, quien fuera la primera bailarina del Ballet de Londres, ha vuelto a inflamar las discusiones sobre los pactos de muerte voluntaria.
Joan de 74 años fue diagnosticada con un cáncer de hígado y páncreas terminal, y Sir Edward determinó que sin su esposa, la vida para él no tenía sentido.
Ambos decidieron viajar a la clínica Dignitas en Zurich, Suiza, país donde la eutanasia es legal, y por $7,000 por cada uno, bebieron un líquido con una combinación de barbitúricos que les causó la muerte. Ambos se tendieron en camas, uno al lado del otro, se durmieron y luego dejaron este mundo, en paz y enamorados como siempre lo estuvieron.
El problema más controversial con esta decisión es que Sir Edward, de 85 años y con una salud delicada, no estaba muriendo. Estaba casi ciego, apenas podia oír, y enfrentaba el resto de su vida sin su compañera del alma. Pero no estaba muriendo.
Sin embargo, mayormente la aflicción de quedarse sólo no es justificación suficiente en muchos paises, para que un médico asista legalmente en el suicidio voluntario de una persona.
En Holanda por ejemplo se permite la eutanasia a las personas que sufren dolor físico insoportable. En el Estado de Oregon, la ley requiere que dos médicos confirmen que el paciente tiene menos de seis meses de vida, para permitirla.
Los que defienden la eutanasia citan el derecho a la autonomía individual. Autonomía y dignidad son dos preciosos valores de las personas cuando se ven enfrentadas a un gran dolor y sufrimiento. La cuestión es si la sociedad debiera evaluar el valor de la vida de un individuo, diferentemente de lo que la propia persona hace, y protegerla de si misma.
En casi todo el mundo se permite el cese de los esfuerzos para mantener a una persona con vida, cuando ella está muriendo y sufriendo. Los testamentos en vida y los poderes notariales autorizan a apoderados de pacientes para la remoción de tubos de alimentación y de respiración, la terminación del tratamiento agresivo optando en cambio por cuidados paliativos, y son aceptados todos los días en hospitales de todo el mundo. Entonces se desenchufan las maquinas que proveen medios mecánicos y químicos para mantener con vida al paciente, cuando el mismo así lo ha decidido anteriormente o ya no hay esperanza de recuperación para poder llevar una vida valiosa y no sólo vegetativa o sufriente hasta su muerte natural.
Volviendo a Oregon, un tercio de las personas que han buscado el suicidio asistido, invocaron razones de obligaciones innecesarias y agobiantes para sus familias y sus cuidadores de salud, para mantenerlos vivos (tiempo, dinero, estrés, etc.).
En Holanda sin embargo, uno de cada cuatro médicos ha decidido por la eutanasia para sus pacientes, sin que estos la hubieran solicitado, alegando razones de misericordia. Citan el caso de una monja que por razones religiosas no la pidió.
Los hijos de Edward y Joan Downes, justifican su suicidio voluntario como una decisión valiente y satisfactoria para sus padres, y la aceptan.
La verdadera cuestión no es si los individuos pueden o no suicidarse (podrían usar un arma de fuego o lanzarse desde el techo), pero si la sociedad debe o no ayudar con compasión y dignidad a cumplir la voluntad individual y si finalmente la sociedad la consentirá como una decisión personal y moralmente aceptable.
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