DONALD TRUMP ATACA
Por Michel Leidermann

La popularidad de Donald Trump está en caída libre. COVID-19 tiene paralizado al país, los contagiadas no dejan de aumentar, y en muchas ciudades las morgues están saturadas. Delante de los hospitales están estacionados camiones frigoríficos para conservar los cadáveres.

Un presidente vacilante, que se niega a asumir la responsabilidad de planes de rescate económicos, que recomienda usar Lysol o dudosas inyecciones contra el coronavirus y que, durante mucho tiempo, se burló del uso de mascarillas, cada vez provoca más indignación; y no solo entre sus opositores, sino también en sus propias filas, donde empieza a perder el respaldo. 

Trump, que suele cerrar los ojos ante la realidad, se ha dado cuenta de que la economía no se habrá recuperado hasta noviembre. Su Gobierno no es capaz de inyectar tanto dinero en el sistema para postergar las consecuencias hasta después de los comicios. 

En situaciones parecidas, otros presidentes han iniciado guerras para distraer a sus opositores. Y es que una guerra une a la nación. Los presidentes “guerreros” suelen ser reelectos. 

Sin embargo, Trump ha optado por otro camino. De forma intencional, transforma la confusión de muchos, en miedo puro. De forma pérfida, busca dividir aún más al país. Sin detenerse ante nada, atiza la violencia para después presentarse como el salvador en la emergencia. 

Aplica la misma táctica política que lo llevó a la Casa Blanca en 2016: “Los otros” son una amenaza. “Los otros” tienen la culpa. Y él, el hombre fuerte, defenderá a sus adeptos de “los otros”. 

Ni siquiera la proposición “China tiene la culpa de todo” bastará para que Trump gane las elecciones.  

Es un concepto muy simple, pero tiene efecto en personas en las que la rabia ha reemplazado la esperanza de hacer realidad su sueño americano, en un mundo en el que desaparece el liderazgo de Estados Unidos. 

Y también tienen efecto las imágenes del golpe político de Donald Trump que actualmente domina las pantallas.

Y, en efecto, las imágenes de las protestas en Portland, sugieren escenarios parecidos a la guerra. Al principio, los agentes federales anónimos de Trump tenían la misión de proteger las estatuas históricas. Para ello, en junio, el presidente había promulgado un decreto que le permitía movilizar a la policía federal en ciudades que no contenían las protestas contra la violencia policial y la discriminación contra negros.

Eso, a pesar de que ni los alcaldes ni los gobernadores quieren el “apoyo” de Washington. Saben que las fuerzas federales con sus uniformes de camuflaje no pacifican, sino que sus acciones agresivas provocan aún más disturbios. No quieren fuerzas anónimas que golpean a manifestantes y los arrastran a automóviles.

Pero Trump sí quiere esas imágenes, y quiere más. Para él, es la última oportunidad para defender la Casa Blanca: a través de la violencia en las calles estadounidenses que, a su vez, provoca violencia y genera esas imágenes que necesita para presentarse como el salvador. 

 

LA VIOLENCIA NO AYUDA

La violencia ejercida por cualquier grupo debe cesar. Un acto violento no significa que deba ser seguido por la destrucción de la propiedad o el daño a las personas. ¿Qué tanto se parecen a los animales?

Debemos detener el comportamiento insensato y actuar como humanos maduros. Los disturbios no resuelven nada. No traerá de vuelta a ningún ser querido ni resolverá ningún problema. Solo genera más odio, lágrimas y dolor. No ayuda en absoluto. Si todos gritan, pelean y destruyen, nadie está escuchando. 

 

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