LOS 110.000 MUERTOS EN LA CONCIENCIA DE TRUMP
Por Michel Leidermann

Estados Unidos llora los 110.000 muertos por coronavirus lejos de los 60.000 que la Administración calculó en sus pronósticos más optimistas o de los 58.000 caídos en la Guerra de Vietnam. Más de 1.9 millones han dado positivo en pruebas de diagnóstico en un país con 330 millones de habitantes.

La pandemia ha retratado la brecha racial y social del país, atacando con más dureza a los pobres y las minorías. Donald Trump ha comparado esta “guerra” con la Segunda Guerra Mundial, pero Estados Unidos salió de ese conflicto robustecido como líder global, como un guardián mundial de las libertades. 

Trump fue informado desde que llegó a la Casa Blanca de que una pandemia de esta gravedad era una amenaza muy real. No solo no preparó la respuesta, sino que redujo los esfuerzos profesionales y materiales para enfrentarse a ella.

El 13 de enero de 2017, siete días antes del juramento de Trump como presidente, el equipo saliente de Barack Obama informa al equipo entrante del riesgo de que la gripe aviar H9N2 se convirtiera en “la peor pandemia de gripe desde 1918”. Le informa de posibles desafíos como la escasez de respiradores y de la necesidad “primordial” de una respuesta nacional coordinada. 

En abril de 2018, despiden al encargado nacional de liderar la respuesta de la Casa Blanca a una pandemia. No es reemplazado y su equipo queda diseminado dejando un terrible vacío en la seguridad sanitaria.

Los seguidores de Trump han desestimado las bufonadas del presidente, que van desde los insultos públicos contra líderes mundiales, los mensajes en redes sociales o los altercados constantes con periodistas. Claro que dicen, ojalá no tuitease, pero resaltan que es el mejor republicano bajando impuestos, nombrando jueces conservadores en el Tribunal Supremo y reduciendo la inmigración indocumentada. 

Cuando Trump, un magnate convertido en showman televisivo, ganó las elecciones, crecieron los debates sobre si el sistema estadounidense, con sus sólidas agencias e instituciones, contrapesaría las extravagancias del nuevo presidente.

Trump restó gravedad a la covid-19 y llegó a decir que desaparecería como “un milagro” (27 de febrero) y la equiparó con la gripe común (9 de marzo). Ha dado información errónea sobre las vacunas y sobre los tratamientos y ha contravenido públicamente a todos sus expertos sanitarios como cuando animó a reabrir el país el Domingo de Pascua, cuando avivó las manifestaciones callejeras contra el confinamiento y cuando aseguró que no pensaba usar mascarilla. 

En otro episodio extravagante declaró que estaba tomando “hidroxicloroquina”, un antipalúdico desaconsejado por todos los riesgos que conlleva. Y que lo estaba tomando, sin estar enfermo del coronavirus. 

Días después, la Organización Mundial de la Salud (OMS) suspendió los ensayos clínicos de hidroxicloroquina por “precaución”.

En el momento más grave ha suspendido la financiación de la OMS, a la que acusa de actuar al dictado de China agitando teorías sin base sobre el origen del virus. 

Ahora, enfatiza la proximidad de una vacuna para fin de año.

La prisa de Trump por la reapertura es su idea de reactivar la economía que constituía su principal argumento para la reelección en noviembre. Ahora los miles de muertos “votaran” en su contra.

Trump ha dicho que su autoridad como presidente “es total”, pero a la hora de la verdad ha dejado a los gobernadores el peso de la responsabilidad de imponer restricciones y levantarlas. Pero la actitud del histriónico Trump, no es más que una estrategia para eludir su propia responsabilidad. 

 

Edición de esta semana
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Por Michel Leidermann
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El gobernador Asa Hutchinson anunció el viernes 3, que las ciudades de todo Arkansas pueden implementar una ordenanza que requiera cubiertas faciales obligatorias para ayudar a frenar la propagación de COVID-19.   / ver más /
Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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