CRITICAN CÓMO SE ENTRA A LAS UNIVERSIDADES DE ÉLITE A RAIZ DEL MAYOR ESCÁNDALO DE FRAUDE EDUCATIVO
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Según un reporte de la Asociación Nacional de Consejería Universitaria (NACAC), cerca del 80% de las universidades del país aceptan a más de la mitad de sus postulantes, pero en las escuelas más renombradas del país la historia es otra y que solo el 4% del total de estudiantes en edad universitaria son admitidos en alguna institución de élite.

Entrar a estas universidades implica para muchos aspirantes -y para sus padres- años de esfuerzo y sacrificios.

Pero el complicado proceso de ingreso a los centros de educación superior ahora está bajo la lupa.

Ahora un grupo de estudiantes de California presentó el miércoles una demanda contra ocho prestigiosas universidades a las que acusan por no haber hecho un proceso justo de admisión.

La controversia se desató luego de que una investigación del FBI acusara a varios millonarios, entre ellos las actrices Felicity Huffman y Lori Loughlin, de presuntamente participar en un amplio mecanismo de fraude y sobornos para que sus hijos ingresaran a algunas universidades de renombre.

Entre ellas ser destacan Yale, Stanford, Georgetown, la Universidad de Texas, la del Sur de California, la de Wake Forest o la de California en Los Ángeles fueron solo algunas de las instituciones salpicadas por el esquema de corrupción.

El FBI descartó que las escuelas tuvieran alguna participación en el mecanismo de fraude, pero para muchos fue una nueva constatación de cómo las personas más ricas buscan diferentes formas para colocar a sus hijos en algunas de las universidades más prestigiosas.

La forma de solicitar el ingreso a las universidades de élite no es muy diferente, en principio, a la de cualquier otra. Casi todas requieren un formulario de solicitud, un ensayo personal, cartas de referencias, documentos que avalen logros académicos, estados de cuenta de banco y el pago por la postulación.

Cada universidad puede tener procesos diferentes, sin embargo, la mayoría de los estudiantes deben de sobresalir en dos elementos que darán, en alguna medida, crédito de su excelencia.

Se trata del llamado GPA, el promedio de calificaciones, y un examen de aptitudes académicas, conocido como SAT.

Pero casi todos utilizan criterios selectivos que van más allá de lo meramente académico. Es entonces cuando actividades extracurriculares, participación en programas caritativos, proyectos sociales y toda suerte de eventos que muestren interés social, capacidad de liderazgo y aptitudes atléticas se vuelven relevantes.

De acuerdo con Simpson, estos elementos extracurriculares se han vuelto criterios de primer orden para muchas escuelas, al punto que en algunas son tan o más decisivos que los exámenes tradicionales.

Un estudio del Proyecto de Igualdad de Oportunidades publicado en 2017 revela uno de cada cuatro de los hijos de multimillonarios asiste a universidades de élites, mientras menos de 0,5% de los hijos de sectores más empobrecidos llegan a estas casas de estudio.

En ese sentido, uno de los hechos que más se han criticado en los últimos años es un factor que se denomina “admisión hereditaria” es decir el hecho de que los padres de los estudiantes tuvieran una relación anterior con la universidad.

Otro elemento que influye en la aceptación de un estudiante es la situación financiera de sus padres con la universidad. Es decir, cuánto dinero dan. Y es que muchas universidades de Estados Unidos dependen en gran medida de las donaciones de sus benefactores como fuentes de financiación.

Así, es muy común caminar por los campus y encontrar edificios con el nombre de millonarios o de sus familiares, vivos o fallecidos, que ofrecieron grandes cantidades de dinero a la universidad o que contribuyeron con la financiación para la construcción de centros de estudios, bibliotecas, etc.

Pero si los mecanismos anteriores son totalmente legales ante la ley, los que reveló el FBI sobre el reciente escándalo, mostraron un paso más allá.

Según explicó el Departamento de Justicia, en esta ocasión se trataba de un mecanismo de sobornos y fraudes, que se realizaban a través de la empresa Edge College & Career Network que asesoraba a los estudiantes para ser admitidos en la universidad.

La investigación señala que el dueño de la compañía, William “Rick” Singer, presuntamente les pedía a los padres que se pusieran en contacto con la universidad y dijeran que sus hijos tenían cierta discapacidad o que tenían otro evento que les impedía presentarse el día de las pruebas para todos los aspirantes.

De esta forma, los estudiantes tomaban los exámenes en instalaciones específicas, donde la empresa de Singer había sobornado al personal para que les permitieran hacer trampas, que iban desde copiar hasta dejar que otras personas tomaran el examen en nombre de los candidatos.

Otros mecanismos incluían que los funcionarios soplaran las respuestas o incluso corrigiera lo escrito en los exámenes durante el proceso de revisión.

La firma de Singer, según el FBI, sobornó también a varios entrenadores de equipos para que admitieran a algunos candidatos aunque no tuvieran ninguna aptitud deportiva y para que hicieran creer al resto del equipo que se trataba de la persona correcta.

El Departamento de Justicia lo consideró el mayor escándalo de fraude en la historia de Estados Unidos. 

 

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