¿ADIÓS A LA ‘H’ EN EL IDIOMA CASTELLANO?
DEBERÍA CAMBIAR LA ORTOGRAFÍA DE MUCHAS PALABRAS QUE EMPIEZAN CON “H” Y DE TANTAS OTRAS QUE LA INCLUYEN
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¿Qué pasaría si la letra h desapareciera súbitamente? ¿Qué si escribiéramos “uérfano” y no “huérfano”, “cacauate” y no “cacahuate” o “umanidad” y no “humanidad”? La verdad es que nada. La h en todas esas palabras es un fantasma. Su única función es hacernos la vida imposible.

La octava letra del alfabeto castellano es muda, no suena. En otros idiomas, como el inglés, estas letras son llamadas silenciosas —como la e en stone—. Puede que la implicación sea la misma pero la diferencia entre muda y silenciosa es vital: el silencio es un estado temporal, la mudez es una condición permanente. Una letra que es muda, en silencio permanente, ¿sigue siendo letra?

La h solo se hace presente cuando precede una c. Pero en ese caso forma un nuevo sonido: [tsh]. La grafía de ese sonido es ch. Esta era una letra en el abecedario, pero por alguna razón, que sigo sin entender, la Real Academia Castellana (RAE) decidió eliminarla en 2014. (Hizo lo mismo con la ll). Desde entonces, nuestros diccionarios tienen solo 27 letras.

Fue una simplificación equivocada. Si el castellano es verdaderamente fonético —si hablamos como escribimos y escribimos como hablamos— la ortografía de las muchas palabras que empiezan con h y de tantas otras que la incluyen en su interior debería cambiar. En todo caso, lo que debió haber hecho la RAE fue eliminar la h.

Nuestras vocales, que en otras lenguas pueden ser cortas o largas (en inglés el sonido de la [i] es distinto en amoeba, Lily y beet) tienen siempre el mismo valor. En castellano, la a de “aminoácido”, “calabaza” y “perpetuar” se pronuncia igual. Pero es cierto que hay otros lugares en nuestra ortografía donde la pronunciación sucumbe a formalidades absurdas: la distinción entre s, c y z es un dolor de cabeza. El mismo sonido que conectamos con la letra s aparece en “comprensión”, “hacia” y “retazo”. ¿Por qué escribirlas con letras distintas? Igual ocurre con la j y la x —“Tejas” y “Texas” (que en Estados Unidos se pronuncia [tecsas])— y con la b y la v —“baca” y “vaca”—.

Quizá la única utilidad de nuestra h es que nos permite desentrañar el fascinante recorrido del castellano en el tiempo. Sustituyó a la f, en palabras como “hijo”, que se pronunciaba fijo y viene el latín filius. La heredamos de los fenicios, quienes influyeron en el latín, el modelo de las lenguas romances, entre las cuales está el castellano. Sin ella no sabríamos que “almohada” viene del árabe “al-mukhádda”. Si desaparece la hache perderíamos un fragmento de la historia del castellano.

Ante el dilema, una pregunta: ¿es mejor salvaguardar la memoria histórica o darle coherencia a nuestra lengua. La característica básica, inapelable, del lenguaje es su constante mutabilidad. El que no cambia muere.

También es cierto que si eliminamos la h habrá confusión entre “hay” y “ay” o entre “asta” y “hasta”. Pero esa confusión es ficticia. Nadie confunde estas palabras ni al escribir ni al hablar. 

¿Por qué pensar que habría caos? El contexto es la clave. En otras palabras, todo depende de la circunstancia. La tilde en “solo”, por ejemplo, no es necesaria al leer: el contexto da las pistas para saber si se habla de soledad o de solamente, cuando solo es un adjetivo y no un adverbio.

El sistema que rige el castellano parece por momentos más cercano a la magia que a la lógica. Basta escuchar la eterna queja de los maestros de los colegios: sea disleccia o apoplegía, los povres niños siempre cometen herrores al escrivir.

Andrés Bello, el lingüista venezolano más influyente del castellano no solo se interesó en el carácter y conducta de las palabras, también en la política, la diplomacia y la historia. Fue tutor de Simón Bolívar y colega de fray Servando Teresa de Mier y José María Blanco White. Además, fue poeta y ensayista y propuso eliminar la hache desde el siglo XIX.

Su obra es el esfuerzo más inteligente de hacer que nuestra ortografía sea sensata. En su ambiciosa Gramática que publicó en 1847, Bello invitó a reconocer la posible libertad regional del castellano. Dijo que no debíamos esperar a que España, y la RAE en particular, nos dieran permiso de usar el castellano a nuestro modo.

En un discurso de 1843 dijo: “Estamos artos de que la ispanidad escriba orrorosamente. No esperemos a que los erméticos sabios de la RAE nos agan el favor: es ora de undir la ache. Es ora de que el idioma sea no solamente ermoso sino coerente”. 

 

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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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