BORRANDO EL MIEDO Y EL ODIO
Por Michel Leidermann

No entiendo por qué las personas temen y/o odian a otras que son diferentes a ellos. ¿No somos todos diferentes, incluso cuando compartimos el mismo color de piel, religión, cultura o herencia?

No hay dos personas que piensen exactamente igual ni deberían hacerlo. Las personas que tienen más pigmento en la piel también son humanos, al igual que las mujeres, al igual que las personas con preferencias sexuales diferentes. 

Sin embargo, aquellos que nacen en diferentes culturas y celebran diferentes religiones son temidos por razones que no entiendo. Presumo que es irrazonable temer algo de lo que no se sabe nada, al tiempo que se niega conocer y comprender aquello a lo que temen. La luz del conocimiento y la comprensión pueden aclarar muchas, sino todas esas aprensiones, y, sin embargo, hay muchos que prefieren esconderse en la ignorancia, sintiéndose seguros en su intolerancia, miedo y odio.

Ahora tenemos aquellos en el gobierno, que promulgan ese miedo y odio para desviar la atención de sus acciones. El racismo está siendo utilizado como una táctica política, y tenemos demasiada gente creyendo en esa argumentación; está causando disensión y violencia en este país. Atacamos a quienes no nos han hecho ningún daño porque tenemos miedo, pero tememos a las personas equivocadas. Eso se puede curar a través del conocimiento y la comprensión.

 

DERECHOS HUMANOS NECESITAN MAS ACCIÓN 

Nunca a las personas se nos han reconocido tantos derechos. El número de tratados internacionales en materia de derechos humanos es amplísimo. Piensen en prácticamente cualquier posibilidad humana, y encontrarán un derecho que la sustente. Beber, comer, expresarse, educarse, transitar, creer o descansar son, de una manera u otra, el contenido de un derecho calificado de humano. Consideremos a los colectivos de nuestro tiempo, y veremos que un buen número de ellos tienen reconocimiento jurídico: indígenas, mujeres, discapacitados, gays, trabajadores o migrantes, por citar unos cuantos.

Al reconocimiento de los derechos se le ha hecho uno de los signos caracterizadores de la modernidad. Incorporar a más personas, darles mayor especificidad y proveerlas de mayores capacidades, se ha tomado como el modo correcto de ser de la política y de la convivencia social. 

¿Qué día no se mencionan los derechos humanos como guía, objeto o destino de prácticamente cualquier quehacer público o privado? Da igual si se trata del deporte, las elecciones o las relaciones internacionales. Siempre en algún momento algo se dirá sobre esos derechos, señalando siempre la necesidad de fortalecerlos o ampliarlos.

Ya se sabe que cuando se pretende que algo sirva para todo, termina sirviendo para poco. Hablar de los derechos humanos en toda ocasión es relevante para mantener su presencia formal y para evitar su disolución. El discurso de los derechos humanos está perdiendo su carácter reivindicatorio y, con ello, su capacidad transformadora de nuestra insatisfactoria realidad social. Hoy cuando hablamos de derechos humanos nos referimos básicamente a lo ya logrado, nada despreciable por lo demás, de hablar, asociarse, votar o trabajar. 

De lo que no hablamos, es de un horizonte más igualitario, de posibilidades de mayor participación de los bienes generados por la modernidad. Mucho de lo que se dice y hace con los derechos humanos, está condicionado por el statu quo, político y financiero-empresarial. 

Como en tantas otras cosas, va haciéndose necesario lograr mucho mayor relación entre causa y el efecto por lo que se está haciendo con ellos más allá de hablar de ellos en toda ocasión posible. 

 

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