JAMÁS PERDONAREMOS
Por Michel Leidermann

No, nunca perdonemos a los curas pederastas. Sobre estos detestables sujetos debe recaer todo el peso de la ley, todo el desprecio, el odio popular, y el máximo castigo penal.

Si nuestros niños son el valor más importante a proteger en el seno de una sociedad civilizada; si representan el futuro; si es nuestra obligación preservar hasta donde sea posible su mágica inocencia cuando van despertando a la vida; si son una fuente de esperanza, entonces quienes los destruyan emocional y físicamente y atenten en contra de ellos alegando o no, ser representantes de Dios en la tierra, no solo no deben ser destituidos, sino deben ser sancionados con todos los agravantes y privados de la libertad por el resto de sus vidas.

El Papa Francisco en su visita a Chile, no sólo debería haber pedido perdón por los abusos cometidos por el clero en contra de niños y jóvenes, también debería haber exigido que la sociedad denunciara a estos infames criminales para purgarla, junto con la iglesia, de semejantes parásitos pérfidos que, aprovechándose de su autoridad espiritual, engañan a los menores hasta acabar psicológicamente con ellos y, en consecuencia, con sus vidas, salvo que los menores encuentren todavía alguna posibilidad para reparar el daño sufrido, objetivo que jamás se alcanzará con el dinero de las limosnas pagadas por los doloridos feligreses.

Estoy de acuerdo con los chilenos que protestaron ante la falta de aplicación de la justicia en los casos de pedofilia cometidos por sacerdotes católicos. Estos deplorables crímenes perpetrados por una parte del clero católico no sólo se dieron en Chile, sino en Irlanda del Norte, Australia, Austria, Canadá, México, Polonia, Bélgica, Alemania, Estados Unidos y Filipinas, entre otros países más.

Cuando el Vaticano no ha podido ocultar las denuncias de las víctimas a los depravados sacerdotes, obispos, arzobispos y cardenales, salvo muy contadas excepciones, se les ha obligado a recluirse en monasterios, una vez renunciado a toda actividad pastoral o fueron desplazados a otros lugares o países para impartir, supuestamente, “consuelo espiritual” o se les privó de títulos e insignias o simplemente se les prohibió ejercer. 

En México, en donde jamás hemos visto recluido en prisión a un sacerdote pederasta, el cardenal Norberto Rivera, acusado de haber encubierto a 15 curas pederastas, jamás fue llamado por la justicia y en la actualidad no sólo disfruta una fortuna mal habida, sino que la goza en plena libertad, una vez concluida su catastrófica gestión pastoral.

En el caso de Marcial Maciel, otro degenerado sacerdote mexicano, el fundador de los Legionarios de Cristo, el Papa Juan Pablo II solo lo condenó a una vida de retiro “en oración y penitencia” cuando debería haber sido expuesto, desnudo, en una celda ubicada en la principal plaza pública de México. 

Los miles de sacerdotes que han abusado de niños y jóvenes, no pueden quedar exonerados a cambio de la entrega de dinero a las víctimas. El lugar de estos malvados sujetos debe ser la cárcel. No creo que el celibato sea el origen de estas perversiones sexuales, porque no se trata de abusos, extorsiones o chantajes sufridos por mujeres, sino que las víctimas han sido niños indefensos que se han sometido por amenazas a las depravaciones de estos perversos curas.

No, no perdonemos jamás. Que se aplique la justicia terrenal a su máxima expresión y que mejor sea tras las rejas en donde los curas degenerados se “retiren en oración y penitencia”, antes de conducirlos al patíbulo. 

 

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